El grado cero de la escultura
Pablo Espinosa
http://tyhturismo. com/data/ destinos/ francia/torreeif el.htm
Un buen día de 1964, el señor Roland Barthes (1915-1980) entregó a la imprenta un libro titulado La Torre Eiffel, que dio a la luz la editorial Delpire de inmediato. La edición incluía fotografías de la autoría de André Martin y el texto se alzó de inmediato, entre una ventisca alta de metáforas sin freno, como un monumento eréctil, contráctil, sinuoso y suave y rígido y preciado y transparente. Una pieza maestra del género ensayístico, una puesta en carne y hierro y viento de los mejores momentos del estructuralismo y la semiología en un complejo y al mismo tiempo simple juego de vasos comunicantes, cuya razón de ser radica en la poesía, en el acto poético.
La torre Eiffel
Un ensayo (1964) de Roland Barthes
«Escritores, escultores, arquitectos, pintores y aficionados apasionados por la belleza hasta aquí intacta de París, queremos protestar con todas nuestras fuerzas. Con toda nuestra indignación en nombre del gusto francés mal apreciado, en nombre del arte y de la historia franceses amenazados, contra la erección, en pleno corazón de nuestra capital, de la inútil y monstruosa Torre Eiffel. ¿La ciudad de París seguirá por más tiempo asociada a las barrocas y mercantiles imaginaciones de un constructor de máquinas para deshonrarse y afearse irreparablemente? Pues la Torre Eiffel, que ni la misma y comercial América querría, es, no lo duden, la deshonra de París. Todos lo sienten, todos lo dicen, todos se afligen profundamente, y no somos más que un débil eco de la opinión universal, tan legítimamente alarmada. Por último, cuando los extranjeros vengan a visitar nuestra Exposición, exclamarán sorprendidos: "¿Cómo? ¿Éste es el horror que los franceses han encontrado para darnos una idea del gusto del que tanto presumen?". Tendrán razón si se burlan de nosotros, porque el París de los góticos sublimes, el París de Puget, de Germain Pilon, de Jean Goujon, de Barye, etc., se habrá convertido en el París del Señor Eiffel».
Le Temps, 14 de febrero de 1887.
Extracto de la Protesta contra la Torre del Sr. Eiffel, firmada, entre otros, por Ernest Meissonier, Charles Gounod, Charles Garnier, William Bouguereau, Alexandre Dumas hijo, Francois Coppée, Leconte de Lisle, Sully Prudhomme y Guy de Maupassant.
Maupassant desayunaba en el restaurante de la Torre, pero la Torre no le gustaba: «Es –decía– el único lugar de París desde donde no la veo». En efecto, en París hay que tomar infinitas precauciones para no ver la Torre. En cualquier estación, a través de las brumas, de las primeras luces, de las nubes, de la lluvia, a pleno sol, en cualquier punto en que se encuentren, sea cual sea el paisaje de tejados, cúpulas o frondosidades que les separe de ella, la Torre está ahí, incorporada a la vida cotidiana, a tal punto que ya no podemos inventar para ella ningún atributo particular. Se empeña simplemente en persistir, como la piedra o el río, y es literal como un fenómeno natural, cuyo sentido podemos interrogar infinitamente, pero cuya existencia no podemos poner en duda. No hay casi ninguna mirada parisina a la que no toque en algún momento del día. Cuando al escribir estas líneas empiezo a hablar de ella, está ahí, delante de mí, recortada por mi ventana, y en el mismo instante en que la noche de enero la difumina y parece querer que se vuelva invisible y desmentir su presencia, he aquí que dos pequeñas luces se encienden y parpadean suavemente girando en su cima: toda esta noche también estará ahí, ligándome por encima de París a todos aquellos amigos míos que sé que la ven. Todos formamos con ella una figura móvil de la que es el centro estable: la Torre es amistosa.
La Torre está presente también en el mundo entero. Primero como símbolo universal de París, en todos los lugares de la tierra donde París ha de ser enunciada en imágenes. Del Middlewest a Australia, no hay viaje a Francia que no se haga, en cierto modo, en nombre de la Torre, ni manual escolar, cartel o filme sobre Francia que no la muestre como el signo mayor de un pueblo y de un lugar: pertenece a la lengua universal del viaje. Mucho más: aparte de su enunciado propiamente parisino, afecta al imaginario humano más general. Su forma simple, matricial, le confiere la vocación de un número infinito: sucesivamente y según los impulsos de nuestra imaginación, es símbolo de París, de la modernidad, de la comunicación, de la ciencia o del siglo XIX, cohete, tallo, torre de perforación, falo, pararrayos o insecto. Frente a los grandes itinerarios del sueño, es el signo inevitable: del mismo modo que no hay una mirada parisina que no se vea obligada a encontrársela, no hay fantasía que no termine hallando en ella su forma y su alimento. Tomen un lápiz y suelten su mano, es decir su pensamiento. Con frecuencia nacerá la Torre, reducida a esa línea simple cuya única función mítica es la de unir, según la expresión del poeta, «la base y la cumbre», o también «la tierra y el cielo».
Es imposible huir de este signo puro –vacío, casi– porque quiere decirlo todo. Para negar la Torre Eiffel es preciso instalarse en ella como Maupassant y, por así decirlo, identificarse con ella. A semejanza del hombre, que es el único que no conoce su propia mirada, la Torre es el único punto ciego del sistema óptico total del cual es el centro y París, la circunferencia. Pero en este movimiento que parece limitarla, adquiere un nuevo poder: objeto cuando la miramos, se convierte a su vez en mirada cuando la visitamos, y convierte a su vez en objeto –a un tiempo extendido y reunido debajo de ella– a ese París que hace un momento la miraba. La Torre es un objeto que ve, una mirada que es vista: es un verbo completo, a la vez activo y pasivo.
La inutilidad de la Torre siempre se ha percibido como un escándalo, es decir como una verdad valiosa e inconfesable. Antes incluso de que se construyera, se le reprochaba que fuese inútil, lo cual se pensaba que bastaba para condenarla: no pertenecía al espíritu de una época, de ordinario consagrada a la racionalidad y al empirismo de las grandes empresas burguesas, el soportar la idea de un objeto inútil (a menos que fuese un objeto de arte, lo cual tampoco se podía pensar de la Torre). También Gustave Eiffel, en la defensa que él mismo hace de su proyecto en respuesta a la Protesta contra la torre del Sr. Eiffel, enumera todos los usos futuros de la Torre. Todos son, como se puede esperar de parte de un ingeniero, usos científicos: medidas aerodinámicas, estudios sobre la resistencia de los materiales, fisiología del escalador, investigaciones de radioelectricidad, problemas de telecomunicaciones, observaciones meteorológicas, etc. Estas utilidades son indiscutibles, pero parecen irrisorias al lado del mito formidable de la Torre, del sentido humano que ha tomado en el mundo entero. Y es que en este caso las razones utilitarias, por mucho que el mito de la Ciencia las ennoblezca, no son nada en comparación con la gran función imaginaria que a los hombres les sirve para ser propiamente humanos.
Antes incluso del nacimiento de la Torre, el siglo XIX (sobre todo en América y en Inglaterra) había soñado con edificios cuya altura sería sorprendente, pues era un siglo de hazañas técnicas y la conquista del cielo excitaba otra vez a la humanidad. En 1881, poco antes de la Torre, un arquitecto francés había llevado bastante lejos el proyecto de una torre-sol. Ahora bien, este proyecto, técnicamente bastante loco porque recurría al concreto y no al hierro, también se situaba bajo la garantía de una utilidad muy empírica: por una parte, una llama situada en lo alto del edificio tenía que alumbrar por la noche hasta el último rincón de París mediante un sistema de espejos y, por otra, la última planta de esta torre-sol (de aproximadamente trescientos metros de altura, como la Torre Eiffel) se reservaría para una especie de sanatorio donde los enfermos podrían gozar de un aire «tan puro como el de la montaña». Pero en este caso, como en el de la Torre, el utilitarismo ingenuo de la empresa no se separa de la función onírica, que es infinitamente poderosa y que, en verdad, inspira su nacimiento: el uso no hace más que abrigar el sentido.
Así, en el caso de los hombres, podríamos hablar de un verdadero complejo de Babel: Babel tenía que servir para comunicarse con Dios, y sin embargo Babel es un sueño que alcanza profundidades muy distintas a las del proyecto teológico. La Torre, rápidamente desembarazada de los considerandos científicos que habían autorizado su nacimiento (aquí importa poco que la Torre sea realmente útil), tomó la salida de un gran sueño humano en el que se mezclan sentidos móviles e infinitos: reconquistó la inutilidad fundamental que la hace vivir en la imaginación de los hombres. Al principio, siendo tan paradójica la idea de un monumento vacío, se quiso hacer de ella un «templo de la Ciencia». Pero esto es sólo una metáfora: de hecho, la Torre no es nada, cumple una especie de grado cero de un monumento. No participa de nada sagrado, ni siquiera del Arte. La Torre no se puede visitar como un museo: no hay nada que ver en la Torre. Pero este monumento vacío recibe cada año más visitantes que el museo del Louvre y notablemente más que el mayor cine de París.
¿Por qué se visita la Torre Eiffel? Sin duda, para participar de un sueño del que ella es mucho más el cristalizador que el propio objeto (y ésta es su originalidad) . La Torre no es un espectáculo ordinario: entrar en la Torre, escalarla, correr alrededor de sus cursivas es –de un modo a la vez más elemental y más profundo– acceder a una vista y explorar el interior de un objeto (aunque calado), transformar el rito turístico en aventura de la mirada y de la inteligencia.
La Torre mira a París. Así que visitar la Torre es salir al balcón para percibir, comprender y saborear cierta esencia de París. Una vez más, es un monumento original. Habitual-mente, los miradores son puntos de vista sobre la naturaleza que reúnen a sus pies, sus elementos, aguas, valles, bosques, de modo que el turismo de la «bella vista» implica infaliblemente una mitología naturista. La Torre no da sobre la naturaleza sino sobre la ciudad, y sin embargo, por su posición misma de punto de vista visitado, hace de la ciudad una especie de naturaleza: convierte el hormigueo de los hombres en paisaje. Añade al mito urbano, a menudo sombrío, una dimensión romántica, una armonía, un alivio. Por ello, a partir de ella, la ciudad se incorpora a los grandes temas naturales que se ofrecen a la curiosidad de los hombres: el océano, la tempestad, la montaña, la nieve, los ríos. Visitar la Torre no es entrar en contacto con lo sagrado histórico, como es el caso de la mayoría de monumentos, sino con una nueva naturaleza, la del espacio humano: la Torre no es rastro, recuerdo ni cultura, sino más bien consumo inmediato de una humanidad que se vuelve natural a través de la mirada que la transforma en espacio.
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